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Racismo, totalitarismo y democracia

Respuesta al artículo de Esteban Morales publicado en el semanario castrista 'La Jiribilla', sobre el problema racial en la Cuba revolucionaria.

Enrique Patterson

I. Cuba y los negros, los negros y Cuba

Recientemente, La Jiribilla, publicación cultural online del régimen, publicó el artículo "El tema racial y la subversión", firmado por el Dr. Esteban Morales. Más allá de las omisiones, mentiras y descalificaciones (entre ellas, la demonización de quien escribe), resulta interesante el intento de re-abordar ¡por fin! el tema racial, aunque sea desde los paradigmas de las ya desgastadas ideología y práctica "revolucionarias". El reconocimiento, leve y tangencial, de los descalabros del régimen a la hora de lidiar con la tradición racista y discriminatoria indica la dificultad del poder para seguir negando la existencia de semejante flagelo en el seno del llamado régimen "socialista".

Se trata de un problema central a la hora de valorar hasta qué grado la sociedad y los regímenes políticos cubanos de cualquier época son democráticos o no. Por suerte para los estudiosos de Cuba, aunque no para los negros cubanos, estos se han convertido en el vector que permite medir hasta qué punto las libertades, los derechos civiles, la movilidad social, la dignidad de todas las personas y la impartición de la justicia son iguales para todos los cubanos. Hasta qué punto un grupo social puede agruparse, discutir libremente sus problemas, crear una agenda al respecto y llevarla libremente al foro, al parlamento y a los medios de prensa, hasta convertirlas en agendas políticas, normativas jurídicas y acciones de poder.

Y, por último, hasta qué punto la élite en el poder ha rebasado, respecto a los negros, la ideología esclavista de hacerles creer que le deben sus logros a una entidad superior a sí mismos (entendida como la Revolución, la Iglesia, el Rey, el "buen amo" o el líder máximo, a la cual deben estar agradecidos), mientras que la responsabilidad de su desventaja se le achaque a algo tan impreciso como "la herencia histórica" o a su intrínseco desarrollo menor como grupo social —¿o biológico?— respecto al resto de la sociedad blanca, sea ésta revolucionaria o desafecta al régimen, burguesa o comunista.

Los negros cubanos constituyen el único grupo social en Occidente que, en los últimos dos siglos, ha pasado por la experiencia histórica de la esclavitud, la libertad bajo las condiciones de la segregación colonial, la racista seudodemocracia de la República y, en otra vertiente no menos racista, del socialismo caudillista de Estado. Es desde esa perspectiva que analizo el artículo del Dr. Morales.

Considero alentador que un autor vinculado a la oficialidad académica del régimen y, más aún, a sus organismos de inteligencia —el CESEU, del cual Morales es o fue director—, decida abordar el tema racial en una publicación como La Jiribilla. A su vez, resulta lastimoso que (cuando la mayoría de la población negra sigue viviendo mayoritariamente en barrios marginales, detentando los peores empleos y constituyendo la mayoría de la población penal del país) el racismo, en lugar de abordarse como el motivo central que explica las causas internas de tales condiciones, se asuma como una preocupación tangencial, sólo para hacerle frente a la opinión de "grupos subalternos" de la política norteamericana, entre los que se me ubica.

Si ese fuese el precio a pagar, con tal de que un intelectual negro subalterno pueda abordar y desarrollar en Cuba una estrategia sobre un problema al que hasta hace poco le tenían puesta la mordaza, asumiría el intento de linchamiento mediático como moneda de cambio, en aras del avance de la discusión pública del tema dentro de la Isla; pero Morales, carente de independencia intelectual y política, ni siquiera cumple ese objetivo.

II. Anticubanías

El articulista de marras asume que el hecho de ser opositor y crítico del régimen convierte ipso facto a tal sujeto en miembro de una "subversión anticubana". Su posición es "tan independiente y democrática", que no concibe una posición "cubana" que no sea a la vez seguidora fiel de las políticas y despropósitos del gobierno castrista. Que quien se presenta como un académico identifique al pueblo y al país con el gobierno, carece del más elemental rigor conceptual. Acaso sea semejante limitación la que le impide vislumbrar otras opciones para los negros cubanos, que no sean las de repetir desgastadas consignas y obedecer a los amos de turno.

Morales, repetidor de las políticas y discursos, me niega la independencia intelectual y política para no quedarse solo en su impuesta militancia subordinada. Cubanía y anticubanía habitan a ambos lados del Estrecho de la Florida, tanto en el poder como en la oposición. Puedo catalogar de pro cubanos, aunque con limitaciones, los programas educativos, de salud pública y servicios sociales gratuitos para todos. Y como anticubano, el deterioro de esos servicios, en aras de una política exterior tendiente a lograr de otros pueblos el agradecimiento que ya el cubano no les tiene.

En la misma dirección, son anticubanas las políticas confiscatorias que niegan a los ciudadanos el derecho a conservar sus propiedades cuando salen del país y les exige —como si fueran extranjeros— un visado para regresar a su tierra, como aquellas políticas que implementan mejores servicios de salud para los extranjeros que para sus propios ciudadanos.

Pasemos a un ejemplo más que ilustrativo: cuando en 1962 el gobierno cubano —de acuerdo con la ex Unión Soviética— introdujo cohetes nucleares de alcance medio en nuestro país, provocando la "Crisis de los Misiles", la Isla estuvo a punto de desaparecer. La dirigencia revolucionaria se oponía a la retirada de los misiles y hasta era partidaria de lanzarlos contra Estados Unidos en caso necesario. Los norteamericanos hubieran sobrevivido a ataque semejante; pero los cubanos, como pueblo, habríamos desaparecido. En tal contexto, los extremismos suicidas de la llamada "política de principios" del gobierno castrista —en tanto implicaban nuestra desaparición— eran totalmente anticubanos.

En esa época, el gobierno cubano calificó de traición el acuerdo entre Estados Unidos y la ex Unión Soviética para retirar los cohetes. Hay que concluir que la URSS —que, además, obtuvo el compromiso norteamericano de que Cuba no sería agredida— adoptó una posición a favor de la preservación de Cuba como entidad nacional y humana, posición más pro cubana que la del gobierno de Fidel Castro, atrincherado en posiciones lesivas a la propia supervivencia de la nación.

Profundizando en anticubanismos, y sin tocar siquiera la naturaleza del sistema político vigente en la Isla, es evidente que una política económica que impide a los cubanos desarrollar mejores niveles de vida y los hace miserablemente dependientes del Estado, es más anticubana que el propio embargo norteamericano. En definitiva, el embargo externo es la política de un país históricamente en conflicto con el nuestro, mientras que el interno es resultado de las prácticas de un gobierno que, además, en el extremo del delirio, dice representar y defender nuestros intereses.

La población negra es la más afectada por esa política económica. En una economía que no genera riqueza —y dada la herencia histórica de 450 años de colonialismo y neocolonialismo a que se refiere Morales—, las élites en el poder se atrincheran aún más en la tradición de percibir a los negros como accionistas minoritarios a la hora de repartir el poder y la riqueza. Eso explica, en parte, el porqué, a cincuenta años de un proceso que ya es más conservador que revolucionario, los negros constituyen el grupo poblacional de peor nivel de vida en el país, cuya presencia es mayoritaria en las "justas" y "humanas" prisiones de la Cuba "revolucionaria" y "antirracista".

No me molesta coincidir con el señor Morales en el criterio de que las políticas sociales de acceso a la educación y la salud (beneficiadoras de la población negra, tanto como del resto de la ciudadanía) son y fueron medidas pro cubanas; pero, a su vez, el articulista de La Jiribilla carece de la independencia o el valor para concluir conmigo que la situación actual de los negros en Cuba y la ideología racista que aún es, no por inconsciente, menos común y central en el imaginario nacional —e, incluso, en actos del gobierno—, es responsabilidad, por omisión o acción, del grupo que detenta no sólo el poder político sino también la propiedad de todos los medios de producción.

Es el grupo que cuenta con un parlamento unánime y que, por lo tanto, es capaz de legislar la aplicación de políticas específicas para problemas específicos, como la discriminación racial y el racismo, con la misma celeridad con la que —a la luz del Proyecto Varela— legislaron el carácter irreversible del desorden social imperante.

No hacerlo —a pesar de tener todo el poder y los medios a su alcance— se debe, primero, a una cultura racista que la dirigencia revolucionaria, heredera de la ideología de la época colonial, no ha podido ni querido superar, y, segundo, no quiere hacerlo debido a que, con la aparente desaparición de las clases sociales en Cuba —al margen de las que se alientan mediante el usufructo del poder estatal—, el único grupo social que aún mantiene consistencia —ya que su constitución no se reduce a la posición económica, como creía la ortodoxia marxista— es el de los negros.

Resulta claro que un Estado totalitario no puede enarbolar y legislar la práctica de las reivindicaciones específicas de un grupo social cuando la filosofía política y jurídica del poder se basa en la discriminación de la ciudadanía por criterios ideológicos, políticos, económicos y hasta religiosos. En consecuencia, abrir la discusión del problema negro, permitirles organizarse para abogar por sí mismos, resquebrajaría la estructura del sistema totalitario. Otros grupos sociales podrían emerger al escenario político, al menos al civil.

Por eso, la incapacidad del sistema político cubano actual para resolver consecuentemente el problema negro, lo convierte en antinegro, más allá de las declaraciones o deseos de su dirigencia política. El reconocimiento de esa imposibilidad explica que la dirigencia cubana apoye, fuera de Cuba, las agendas que no le permiten defender a los negros en su país. En la nación cubana, por la importancia de los negros en la conformación de la identidad nacional y la independencia del país, es imposible ser antinegro y procubano.

III. Desigualdades y divisiones

Morales se suma al criterio —conservador y reaccionario— asumido tanto por comunistas como por muchos de sus opositores, que explica las desventajas de los negros respecto al resto de la sociedad como "resultado de los diferentes puntos de partida históricos con que arribaron a 1959 los diferentes grupos raciales". Es decir, que aun con las políticas universalistas de la Revolución, los negros siempre formarán un grupo subordinado, debido a que su punto de partida —a la hora de apropiarse de los accesos universales brindados por la revolución— era inferior. En esa lógica, los negros —no importa cuánto avancen— serían siempre subordinados, parafraseando la aporía de Aquiles y la Tortuga.

Más que un luchador por la igualdad, Morales se convierte en un teórico en desigualdades cuasi naturales. Tanto él como el poder que lo emplea, han olvidado que la llamada Revolución se anunció bajo la consigna de la igualdad y la libertad. En el proceso, presuntamente la segunda fue sacrificada en beneficio de la primera. Pues bien, resulta que ahora la única desigualdad tolerable —por razón de la historia—, en un régimen que presume de ser igualitarista, es la que ubica a los negros en la peor situación económica y social en el conjunto de la ciudadanía.

El argumento —típicamente racista— es añejo, y pervive a pesar de la diferencia de ideología política de los grupos en el poder y sus voceros intelectuales. Ya Mañach — escuela a la que tanto el Dr. Morales como los hermanos Castro pueden suscribirse— argumentaba que la solución del problema racial había que dejársela "al tiempo" y que no era conveniente fomentar las ideologías de los "particularismos" al respecto. En Cuba, hasta los que se llaman revolucionarios son conservadores —y coinciden con ellos— cuando se trata del problema racial.

En círculos del exilio se dice que el racismo, como práctica y propaganda, comenzó con el régimen de Fidel Castro y —a partir de las diferencias entre el modelo de racismo anglo (de exclusión) respecto al latino (de convivencia)— consideran que los racistas propiamente son "los americanos". El régimen, en la voz de Morales, ve ahora también el racismo y la discriminación como fenómenos propios de "los americanos" y de "la republiqueta" del Miami blanco cubano.

Ambos bandos expulsan hacia el otro —los yanquis o el castrismo— el fantasma de su mal interior y signan al adversario político como discriminador y racista, mientras se perciben envueltos en las sedas neutras de la inocencia. Ya tienen algo en común: el síndrome de la negación respecto al tema negro. Por cierto, en el necesario y útil discurso de la reconciliación, a ninguno de sus ponentes en el exilio le he escuchado incluir el tema negro, a pesar de que cincuenta años de división nacional pesan —histórica, social y políticamente— menos que cuatrocientos de división racial. ¿O no es la discriminación racial un problema nacional para ellos?

Si nos atenemos al Programa del Moncada, expuesto por Castro en La Historia me Absolverá, el problema racial no ocupó ni una línea en su "alegato de defensa". Nunca en el Movimiento 26 de Julio, ni en el Directorio, ese fue un tema de preocupación. El problema, al parecer, era visto "como una costumbre" acaso tan folclórica como arroyar en los carnavales o pelear gallos. Morales reconoce que el tema, "después de ser fuertemente abordado por el máximo líder de la Revolución en 1959, no fue consecuentemente seguido después y pernoctó desde entonces en el silencio". ¿En el silencio de quién?

En verdad, el líder apeló al tema negro cuando, al darle a la Revolución un viraje ideológico hacia un sistema totalitario, parte de la clase media —fundamentalmente blanca, que era la base del Movimiento 26 de Julio— se apartó de sus filas sintiéndose traicionada. En ese momento, para reconstituir su base política, la Revolución apeló al único grupo social que siempre había sido preterido. Luego de afianzarse en el poder, los negros dejaron de ser necesarios, para convertirse en un grupo molesto si eran capaces de articular su voz y abogar por sus reivindicaciones.

El silencio del líder se identifica con el silencio voluntario de los interesados, pero no fue así. El silencio del líder estuvo acompañado por la represión de los intelectuales negros que creyeron que, en la Revolución, tenían derecho a una voz independiente. Creencia por la cual enloquecieron al teórico marxista Walterio Carbonell. Menos ingenuo, el sociólogo marxista René Betancourt emigró a Norteamérica. El etnólogo Carlos Moore —que se dirigió personalmente a Castro, señalándole el problema en los años sesenta, y después fue internado en una granja de reeducación y trabajo forzado— tuvo que exiliarse en la Embajada de Guinea para salvar la vida o la razón.

El acceso gratuito a la educación y la ya deficiente cobertura universal de salud se les ha querido cobrar a los negros con una cuota extra de un agradecimiento que no se corresponde con la actitud de un ciudadano digno y libre. Como si en lugar de derechos, fueran dádivas inmerecidas, dada su condición de ciudadanos de segunda. Nunca he escuchado al gobierno sueco exigirle semejante actitud a los lapones, ni he visto lapones con actitudes genuflexas hacia el poder y la corona sueca, como las del Dr. Morales hacia el poder castrista.

Morales nos explica parcialmente a qué se debió esa política de ruidos (1959) y silencios (casi hasta hoy) respecto al problema racial. Para la dirigencia de la Revolución, "el tema racial pasó a ser considerado como algo que podía dividir a las fuerzas revolucionarias ante las difíciles batallas que se debían enfrentar" (el subrayado es mío). O lo que es lo mismo, que ante los retos que la Revolución debía enfrentar, el problema de la desigualdad racial podía pasar —como siempre— a un segundo plano. La desigualdad racial sólo podía ser tratada en los términos en que la nueva élite la entendía. Al cerrar la dirigencia dicha discusión, los negros no tenían el derecho ni la autonomía para plantearlo con sus términos. De nuevo, las necesidades de la "unidad nacional" y la estabilidad del régimen se daban sobre la base de sacrificar los intereses de la parte más explotada y/o preterida de la población.

La justificación o la comprensión de un intelectual negro acerca de semejante política lo convierte ipso facto en un despreciable "subalterno". En mi opinión, tal concesión no debemos hacérsela ni a la "republiqueta" miamense, ni al castrismo, ni a los extraterrestres o a los norteamericanos. La subordinación de los problemas de la población negra cubana a una supuesta unidad nacional que los ubica en la categoría subalterna, fue la política de las élites desde antes de la constitución de la República nacida en 1902, que sin el concurso de los negros en tres guerras independentistas, no habría visto la luz.

La única diferencia entre la situación prerrevolucionaria y la actual radica en que la limitada democracia racista surgida en 1902, si bien impidió —por la vía legislativa y las masacres genocidas de 1912— la creación de partidos políticos negros, aún les permitía la expresión de sus intereses en la arena pública, mientras que el nuevo poder revolucionario, más antidemocrático, lo prohibió.

Los mismos argumentos de Morales describen un patrón de comportamiento de las élites blancas en el poder o que aspiran a estarlo: convocar y utilizar a los negros con el discurso abstracto de la igualdad y la integración, si son necesarios para llevar a cabo una agenda política, para luego subordinarlos y/o silenciarlos cuando se logran esos objetivos.

IV. La democracia

Más que interesado en la situación de sus hermanos negros, el texto de Morales aparece centrado en la defensa —no sé si por vocación o por encargo— del discurso y las prácticas antidemocráticas del régimen castrista. En su criterio, un régimen democrático sólo sería beneficioso "para los racistas de Miami y Washington". Con semejante lógica podríamos afirmar que un régimen totalitario como el cubano sólo es beneficioso para los racistas que, como los capitanes generales del siglo XIX, gobiernan el país como una finca particular.

Respecto a la democracia, Morales tiene un punto que no voy a negarle. A saber: la democracia no es una condición suficiente para acabar con el racismo y la discriminación. Por eso, extendería el calificativo de "republiqueta" —pues eso fue para los negros, a pesar de haber sido los hacedores de la República— tanto a la Cuba anterior como a la actual. El racismo y la discriminación racial no surgieron a causa de la democracia, sino por su ausencia desde el momento histórico de la colonización. Cargar sobre la democracia semejante responsabilidad sólo se le ocurre más a un defensor de dictaduras que a un intelectual preocupado por la situación de los miembros de su grupo socio-racial. La "republiqueta" era caricaturesca no por sus rasgos democráticos, sino por no ser lo suficientemente democrática.

Si no una condición suficiente, la experiencia histórica muestra que la democracia constituye también una condición necesaria para combatir los flagelos del racismo y la discriminación, los cuales no pueden eliminarse a partir de la voluntad de poder de un tirano. En el sistema democrático, por naturaleza siempre perceptible, la solución depende del tramado institucional, la presión ciudadana y la voluntad de los sujetos políticos en juego.

Porque estoy abiertamente a favor de un régimen democrático para mi país, Morales me percibe como un intelectual subalterno de un proyecto pronorteamericano y anticubano. El subconsciente lo traiciona hasta el punto de que, cada vez que alguien habla de régimen democrático, piensa en Estados Unidos y no en el régimen al cual sirve. El gobierno cubano se hace muy poco favor ocupándose en reconocer públicamente las opiniones de los intelectuales negros si se expresan desde el exilio, mientras las ignora, encarcela o silencia cuando se vierten dentro de la Isla. Así, mientras en las élites prerrevolucionarias en el poder, el racismo y la discriminación racial funcionaron como un freno al ejercicio de la democracia; en las actuales, su antidemocratismo las obliga a frenar y silenciar las reivindicaciones antirracistas y antidiscriminatorias.

V. La mirada del enemigo. Agentes del imperio

Según Morales, los "llamados documentos de la transición" de 2004 y 2006 se han propuesto una crítica sin límites de todos los procesos que tienen lugar en la Isla, con el objetivo de ofrecer la peor imagen de Cuba en todos los aspectos de la vida nacional". Agrega que "algunos negros del otro lado del estrecho de la Florida [yo entre ellos] tratan de situar a los negros y mestizos en Cuba como víctimas en su propia tierra". El autor trata de demostrar que mis críticas al régimen se deben a la intención de ponerme a tono con los citados documentos norteamericanos sobre "la transición".

La preocupación sobre la condición de los negros en Cuba, antes y durante la Revolución, ha sido una constante de la intelectualidad negra y, en mi caso, viene desde la década del setenta, cuando aún jóvenes nos reuníamos para discutir estos problemas que, en aquel entonces, pensábamos erróneamente (antes lo hicieron figuras como Walterio Carbonell y Carlos Moore) podían solucionarse en el seno de la Revolución.

La discusión aparecía como un eterno ritornelo en privado, cada vez que intelectuales y profesionales negros de distintas esferas nos encontrábamos a solas, pero nunca podía convertirse en pública debido a las experiencias de represión que sufrieron todos los que en algún momento trataron de hacerlo. Mi llegada al exilio me permitió articular el tema en la esfera pública, no sin una enorme resistencia de parte de sectores del exilio, pero lejos de convertirse en represión política. Mis textos al respecto en Norteamérica son anteriores y posteriores a los años 2004 y 2006. La atención hacia dicho discurso, por parte de sectores del exilio histórico, se debió a muchos factores:

a) La tradicional actitud de rechazo, propia de quienes se dedican a negar el fenómeno de la discriminación racial en la cultura cubana y que, como hace ahora Morales, se dedicaban a criticar mis posiciones.

b) La experiencia norteamericana y del movimiento de los derechos civiles de muchos exiliados los abría a escuchar las visiones que los negros tienen del fenómeno en la cultura cubana.

c) En otros, el oportunismo político de utilizarlo como parte del discurso anticastrista, en un área en la que Castro se ganaba más reconocimiento en la comunidad afroamericana que entre los negros de Cuba.

Mi enfoque al respecto ha sido, y es, no excluir al exilio y a las élites prerrevolucionarias de una práctica que han compartido y comparten con la élite actual cubana. Es lógico que Estados Unidos, en la posición del adversario o enemigo que el castrismo siempre ha deseado tener, trate de criticar y combatir el castrismo en aquellos temas donde realmente ha fallado, a pesar de que la propaganda castrista proclame lo contrario. No es que yo, u otros intelectuales negros en el exterior, me incorpore al discurso norteamericano, sino que el discurso norteamericano ha tomado nota de un tema en el que el castrismo, después de un prolongado ejercicio en el poder, no tiene cómo defenderse a cabalidad.

El enemigo usará las debilidades del castrismo con la misma destreza con que éste usa, en contra de Estados Unidos, los problemas que afronta con el sistema de salud. Sin embargo, sería estúpido pensar que cuando los que aquí vivimos abogamos por reformar el sistema de salud, se debe a que nos incorporamos a la campaña castrista de propaganda antinorteamericana. Tanto un caso como el otro, son realidades que cada quien puede analizar y usar sin necesidad de ponerse en función de intereses ajenos. Las realidades no tienen ideología ni agendas políticas, pertenecen a eso que Lenin llamaba "la terquedad de los hechos". No voy a silenciar mi crítica porque los norteamericanos hayan tomado nota del problema racial en la Isla.

Más allá de que sea una buena o mala política, EE UU puede tener todo el derecho a comerciar o no con Cuba, hacerle préstamos o negárselos; pero no tiene ningún derecho a establecer cuándo el sistema cubano es democrático, ni a decidir los tiempos y las formas en que la democracia tiene que establecerse en Cuba. Puedo coincidir con el doctor Morales en esos temas. Él sí está totalmente incapacitado para coincidir conmigo en cualquier tema crítico hacia el régimen castrista.

VI. Supuestas sintonías

Morales me ubica, ideológica y políticamente, en la misma línea del señor Ramón Colás, quien, dice, "lidera en Mississipi un Proyecto de Relaciones Raciales". Quien escribe colaboró, efectivamente, con ese proyecto en sus inicios. Luego me desvinculé, tras llegar al convencimiento de que no iba en la misma dirección de mis principios o ideas.

Antes de la creación de dicho centro, fui invitado varias veces a Misisipi por la Dra. Ally Mack (quien además de su posición de decana, lidera un consorcio dedicado a la solución de conflictos), para que les diera asesoramiento respecto a la situación de los negros en Cuba y evaluar qué ayudas prácticas se les podía ofrecer desde Norteamérica. Se manejaron ideas y proyectos dirigidos a entrenar a negros cubanos en desarrollo empresarial y otorgar pequeños préstamos para crear negocios familiares, cooperativas, etcétera. La idea me pareció excelente.

La pequeña apertura económica del gobierno cubano fue más beneficiosa para aquel sector de la población que recibía dólares desde el exterior y los negros no pertenecen en general a ese sector. Me pareció que un grupo influyente de afronorteamericanos interesados en fomentar la independencia económica para los negros cubanos era mucho más útil estratégicamente que la ayuda de Pastores por la Paz, completamente alineada con la política gubernamental.

Todo aquel que tenga un proyecto tendiente a mejorar el nivel de vida y fomentar la independencia de los negros cubanos tiene y tendrá mi apoyo, sea norteamericano, ruso o aleutino. Si nadie se asombra cuando los proyectos se dirigen a la población indígena, no alcanzo a comprender el resquemor cuando semejantes acciones se dirigen al desarrollo e independencia de los negros. Diseñé para ese centro un proyecto que incluía programa radial, revista, periódico online, cursos de entrenamiento, etcétera. Se suponía que el centro dispondría de fondos. Al menos se me dijo que de eso no tenía que preocuparme. El diseño del programa radial era para ser trasmitido desde emisoras comerciales, de modo que pudiera escucharlo la población de EE UU y no sólo la de la Isla, como ocurriría si se transmitía desde una emisora gubernamental como Radio Martí.

Hubo un momento que se me propuso dejar mis actividades profesionales en Miami y mudarme a Misisipi para participar en dicho proyecto, proposición que rechacé —no así el señor Colás—, pues en ello comprometía mi independencia. Colás fue nombrado director del Centro y entre sus funciones estaba conseguir los fondos que, dicho sea de paso, no son difíciles de obtener de las fundaciones privadas que financian proyectos de desarrollo dirigidos a grupos desfavorecidos en el mundo. Desgraciadamente, los fondos que consiguió el director fueron gubernamentales, no los más apropiados en este caso.

Durante un año dirigí la revista radial Café Palenque. No fue mi decisión que dicho programa saliera por las ondas de Radio Martí y mi proyecto especificaba la conveniencia de trasmitirlo a través de la radio comercial. El uso de fondos gubernamentales para un tema central como el que nos ocupa, puede conducir a que el interés político de quien los aporta predomine sobre el interés del grupo a quien se dirige el mensaje.

Siempre estuve consciente de ese problema y me mantuve haciéndolo por tres razones: mi interés en dirigir el mensaje hacia un grupo social al que no se le había dirigido nada en específico desde los primeros años de la década del sesenta; el mensaje era elaborado por miembros cubanos de ese grupo social, con experiencias tanto de la sociedad cubana como de la norteamericana; y, finalmente, por la esperanza de que la dirección del centro pudiera obtener fondos de fundaciones privadas. Lamentablemente, no sucedió así. Asumo la responsabilidad política de mi participación en ese proyecto.

Durante el año que la revista estuvo en el aire, no permití que nadie me impusiera puntos de vista, qué hacer, qué decir y qué no decir en el programa. Fui totalmente soberano en la elaboración de los mensajes. Por primera vez hicimos un programa producido por y dirigido a afrodescendientes. Cuando no se dieron las condiciones para continuar el programa bajo dichos criterios, dejé de hacerlo.

Puede que el señor Morales objete que el señor Colás tenga como único medio de vida la dirección de un proyecto en el que ya casi no hay negros cubanos trabajando y cuyos fondos dependen de donaciones gubernamentales. Acaso, con el mismo énfasis, el señor Colás puede cuestionarle a Morales su independencia, por el hecho de ser él, también, un empleado no común del régimen cubano. Pero ese es un asunto a resolver entre ellos, cado uno colado y dependiente de la voluntad o la comprensión de los gobiernos respectivos que les financian. Les deseo suerte e independencia en sus quehaceres.

VII. Cosillas tangenciales, aunque no menores

Denomino así las afirmaciones del Dr. Morales sobre mi conducta política, que alcanzan la dimensión de la ficción. Dicho autor escribió lo siguiente: "…abandonó el país en 1990 y reapareció poco después en el congreso de LASA, en Washington, haciéndose acompañar de dos funcionarios, al parecer, del Departamento de Estado. No resultando difícil inferir quién pagaba sus gastos y con qué propósitos lo habían llevado al congreso [El subrayado es mío]. Ahora vive en Miami y se dedica a escribir sobre la problemática racial en Cuba, con una línea de pensamiento que lo vincula directamente a los propósitos del Gobierno Norteamericano".

Algunas salvedades son necesarias:

-Contrario a lo ocurrido con el Dr. Morales, jamás viajé fuera de Cuba antes de mi salida al exilio, en junio 1992. ¿Cómo es posible que el Dr. Morales viera — digo— mi cuerpo astral en Washington DC, en la conferencia de LASA en 1990, cuando en ese año sobrevivía yo en La Habana haciendo zapatos clandestinos? Se trata de una mentira.

-Llegue a Estados Unidos, a San Francisco, en junio de 1992. Antes de salir de Cuba había escrito un trabajo titulado Teoría y Práctica de la Revolución Cubana, que fue sacado de la Isla por un académico norteamericano casado con una profesora universitaria que había sido mi alumna de Historia de la Filosofía (nunca enseñé marxismo, como afirma Morales en su artículo). Fue así como el trabajo se inscribió en LASA, antes de mi llegada a Estados Unidos, pero aún no bajo mi nombre.

-A mi llegada a San Francisco como refugiado, comencé a ahorrar de los cheques de la ayuda y limpiando un cine para poder asistir al congreso de LASA. Los ahorros no fueron suficientes, y una funcionaria de Caridades Católicas consiguió un préstamo de 300 dólares para que pudiera completar los gastos de viaje (préstamo que saldé a mi regreso). Según Morales, no era "difícil inferir quién pagaba (mis) gastos".

-Allí siempre me acompañaba mi colega y amiga Marisela Fleites, y su esposo. Pero hablé con mucha gente, muchas más que con las que habló Morales, al parecer porque yo traía cosas nuevas que ninguno de los miembros de la delegación oficial cubana, financiados como estaban, podían decir. Pero no dudo que entre muchas de las personas con las que hablé hubiera gente del Departamento de Estado. Por la naturaleza de sus filiaciones, las fuentes de información de que podía disponer Morales eran más precisas que las mías.