¿Por quién doblan las campanas?
Cuba y las campanadas del cambio en el Día de la Virgen de la
Caridad del Cobre, Patrona Nacional
Por JOSÉ CONRADO, Santiago de Cuba
Me atrevo a pedirle prestado el título de su conocido libro a
Ernest Hemingway, en razón de sus vínculos sentimentales con la
Virgen de la Caridad, a quien en su momento quiso regalar la
medalla del Premio Nobel que le otorgaron en 1954.
Santuario Nacional de El Cobre.
La víspera de este 8 de septiembre, fiesta de la Virgen de la
Caridad, fueron bendecidas las nuevas campanas de la Basílica
Santuario de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. Regalo del
Papa, las campanas llegaron a Cuba a través de la generosidad de
la Casa Generalicia de los Padres Salecianos de Roma, en su
Departamento de Misiones. Es un juego de seis campanas, de
diverso tamaño, que tocan a través de un sistema de relojería,
para ser más exactos, por un sistema computarizado. Esto es un
carillón (cuya definición, según el Diccionario enciclopédico
U.T.E.H.A., es "juego de campanas en número variable,
instalado en una torre o campanario, que se hace sonar por medio
de un teclado o mecanismo de relojería…).
Las viejas campanas de El Cobre sonarán en otras iglesias de la
diócesis o se exhibirán a los peregrinos en la Basílica
Santuario de Nuestra Señora. Alguna quizás pasará al Museo
Arquidiocesano de la Catedral santiaguera. Esas viejas campanas
han sonado a lo largo de varios siglos en el templo más
emblemático de Cuba, el que convoca a mayor devoción y tiene un
significado más universal, y al mismo tiempo, más típicamente
nacional. El templo de María, la casa de todos.
El mejor sonido
¿Por qué y por quién doblan las campanas?, nos pudiéramos
preguntar. En el pasado, las campanas convocaron a los fieles
para la oración. Eran la voz de Dios, nos decían de niños, que
nos llama al culto, a la catequesis, al encuentro con los
hermanos, y a que todos nos encontremos con nuestro padre Dios.
Estas campanas convocaron a los cobreros en aquella fecha
memorable en que celebraron su recién conquistada libertad.
Después de más de cien años de apalencamientos y luchas, lo
mismo jurídicas y diplomáticas que con el machete en la mano,
hasta que al fin les fue reconocida su libertad por el mismísimo
Rey de España. Y el párroco, que con ellos había luchado, y por
ellos, les leyó las actas de libertad frente al Santuario, a los
pies de la Virgen y al sonido de las campanas repicantes. Porque
nunca suenan mejor las campanas como cuando convocan y proclaman
la libertad.
Y sonaron esas campanas en aquella mañana de soles en la que el
recién estrenado presidente de la recién proclamada República en
Armas, Carlos Manuel de Céspedes, fue a rendirle honores a la
Virgen de la Caridad, con solemne Te Deum, banderas
desplegadas y campanas al vuelo.
Y sonaron las campanas en aquella misa convocada por el Ejército
Mambí, cuando el general Shafter no permitió que las tropas de
Calixto García entraran en Santiago tras la derrota de los
españoles, para la firma del armisticio bajo la Ceiba centenaria
que hace sólo cinco años cayó, como de un rayo, tras larga
enfermedad desatendida. Allí, a los pies de la Virgen, con Jesús
Rabí como representante de Calixto García, se proclamó la
libertad de Cuba, a lo mambí, bajo el tronar de las campanas y
en la casa de la madre común.
Esas campanas han replicado en la elección de cada Papa, en la
proclamación de cada nuevo obispo o arzobispo de Santiago, en
las fiestas religiosas y en los grandes eventos de la patria: a
la caída de los tiranos y a la proclamación de una nueva etapa
de libertad y esperanza.
Esas campanas han sonado a difuntos, cuando ha muerto alguno de
aquellos, los más humildes hijos del pueblo, y también cuando
han muerto aquellos mismos obispos por cuyo nombramiento
repicaron, o por los Papas en cuya elección se echaron a volar.
Muerte y vida, alegrías y sufrimientos, suerte y desgracias
tomaron voz a través de las campanas: como cuando tocaron "a
rebato" ante el peligro de un siniestro o el pavor de algún
temblor de tierra.
Las campanas que Cuba quiere oír
El pueblo acaba reconociendo la cantarina voz de sus campanas.
En esa sonora contraseña reciben la primera noticia, la que le
llega sin palabra, la que le alerta o le despierta, le convoca y
le levanta. Con esas campanas aprende a reír y a llorar, a
despedir un año y recibir otro. A despedirse de los suyos y a
enterrar a sus muertos.
No es banal celebrar este cambio de campanas en la Basílica
Santuario de la Virgen. No es casual. Cuba quiere oír nuevas
campanas que le anuncien salvación, esperanza, libertad. Los
cubanos quieren oír las "campanadas del cambio". El viejo
arzobispo Pérez Serantes lo había anunciado proféticamente en
aquella carta de los primeros sesenta: "Ni Washington ni Moscú".
Cuba no debe buscar su futuro ni con los "carillones del Krenlim",
ni con la campana americana, la vieja campana de la libertad,
que por cierto, no está en Washington, sino en Filadelfia.
Las nuevas campanas del Santuario vienen de Roma, la ciudad
símbolo de la fe, la ciudad que representa los valores
espirituales de la fe y del amor: la "Ciudad Eterna", no porque
esté fuera del tiempo, sino porque nos recuerda que no sólo
somos hijos del tiempo, sino ciudadanos de la eternidad. Y las
envía ese "jefe de Estado" que le hizo exclamar a Stalin: "¿El
Papa, y cuántas divisiones tiene su ejército para que tengamos
que contar con Žl?", en respuesta a la propuesta de Churchill y
Roosevelt que deseaban integrar al Vaticano en las
conversaciones de paz al final de la Segunda Guerra Mundial.
Sin querer tener la exclusiva, los católicos, que son el grupo
cristiano más numeroso, antiguo y universal, y el de más larga y
profunda presencia en la historia de Cuba, nos deberíamos sentir
comprometidos en esta convocatoria nueva a la unidad, al
compromiso con el cambio y al esfuerzo compartido, que no
excluye a nadie, pero que debe encontrar una especial resonancia
en todos los que compartimos la fe en Jesús de Nazaret,
católicos o no.
Las campanas suenan para todo el mundo. El rico y el pobre, el
poderoso y el desposeído del poder. Pero no suenan igual. Las
campanas que anuncian la libertad a los esclavos, anuncian el
final del poder de los poderosos. María es una experta en estas
verdades, por eso pudo decir en su cántico del Magnificat:
"Proclama mi alma la grandeza del señor, mi espíritu se regocija
en Dios mi salvador: porque ha mirado la humillación de su
esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones
porque el Todopoderoso ha hecho obras grandes en mí. Su nombre
es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en
generación. Él hace proezas con su brazo, dispersa a los
soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y
enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y
a los ricos los deja vacíos".
(*) José Conrado es párroco de la Iglesia de Santa Teresita de
Jesús en Santiago de Cuba.